Aparentemente benevolentes e inocuas, las obras de la artista riojana Blanca Navas exploran un mundo explícitamente introspectivo. Ella humildemente narra su interacción con el paisaje durante un viaje; es maternal, admiradora, orgánica, sinuosa, líquida, a veces complaciente pero sobre todo especulativa. Es una experiencia únicamente suya, y ella, ya regresada del viaje, viene a compartir lo que ha aprendido.

Convirtiendo el paisaje en símbolo, la obra profusamente bucólica emite sonidos aireados, pagesos, de un pasado pastoral compartido. Así, conecta de una manera arquetípica con el espectador mediante la idea del viaje interior/exterior y del ocio ‘productivo.’ Pero cabe insistir, el punto de vista representado en las piezas es singular, de una persona. Esto se entiende por la fijación particular y trance-like en cómo el paisaje se fusiona con lo demás; lo industrial, lo urbano, lo moderno. Esta fusión, representada casi psicodélicamente, es producto de la experiencia expresamente única, no compartida con nadie más, en la cual la espectadora cede a la circunstancia, como una especie de piloto automático visual/sensorial; cosa que sería imposible acompañado por alguien más.

Es como rumiar con el paisaje, en este sentido es una obra meditativa, y, pues, la naturaleza se convierte en monje y mantra. Ella es consciente de su inferioridad ante la madre que compartimos, así que se somete a ella, cede a su poder altruista, y, pues, pone en duda su benevolencia. Vemos tonalidades lúdicas al principio, pero al acercarnos, notamos matices cromáticos más nublados, dudosos, cuestionadores. Y aquí, comienzan a surgir momentos callados melancólicos que también forman parte de este walkabout occidental, llevado a cabo a mediana edad.

Navas juega con la percepción, distorsiona la perspectiva y habla de la experiencia vivida mediante el reflejo, la experiencia tangencial y vicaria que fortalece los tonos conceptuales sutiles y melancólicos de la obra. Curiosamente, habla de lo que no podemos alcanzar, la imposibilidad de llegar a la claridad absoluta. Casi habla más de los límites que no de las posibilidades. Y allí encuentra la sabiduría y el aprendizaje de este viaje: aceptar que no podemos entenderlo todo, así que, ¿por qué no disfrutar? Ella sutilmente pide que nosotros hagamos un viaje semejante. Pero no con ella, claro. Este viaje se tiene que hacer a solas.

De Gabriel Virgilio Luciani
Para Tanteos y Vaivenes, exposición de Blanca Navas

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