Un texto de Jaime Bonet Pastor sobre la exposición Grey Paintings de Pablo González-Trejo

Entre el 18 y el 20 de octubre The Floor volvió a abrir sus puertas y albergó entre sus singulares paredes la exposición Grey Paintings, del pintor Pablo González-Trejo.

Pablo Gonzalez-Trejo, Felix, 65 x 50 cm, Técnica Mixta sobre tela, 2013El tema dominante de las obras era el de la identidad, su búsqueda y su misterio. A mí personalmente me cautivó “Félix” el retrato de una calavera desfigurada por la pintura, y a partir de ella me gustaría realizar aquí algunas consideraciones.

En primer lugar, es de todos conocido que una calavera expresa la caducidad de la existencia y la vanidad de la vida: Vanitas vanitatum, omnia vanitas, dice el Eclesiastés. La muerte, pues, acecha a todos aunque le volvamos la espalda y el cogote, y todos somos ríos que van a dar a la mar: así, la muerte nos iguala, es decir, nos hace idénticos, y la última identidad es la muerte. Pero el autor, sin embargo, no se detiene en esto; él desfigura el rostro de la calavera, deforma la muerte de manera que ésta ya no proporciona la seguridad de una identidad lograda a costa de la vida misma sino un bagaje inquieto de emociones, pensamientos y dudas que nacen del abismo interior que todos llevamos dentro, a menudo sin darnos cuenta. Buscar para encontrar y reanudar la búsqueda para seguir buscando sin encontrar nada porque se busca todo –tal es el destino de nuestro peregrinar hacia nosotros mismos y tratar de precisar un origen para que no solo nos funde sino que también nos funda… Y por eso resulta patético rememorar a Hamlet conversando con la calavera de un bufón porque precisamente esa conversación se escurre de nuestras manos o, en la pintura de González-Trejo, de nuestros ojos.

¿Y qué haremos con el abandono, la melancolía y la nobleza delicuescentes que nos evoca el cuadro? ¿Es que todo debe ser captado? No.

Pero puede ser útil para percibir, por ejemplo, el sentido de esta calavera desfigurada pensar que, al menos, los huesos son lo que queda de uno mismo al fin y al cabo, el resto de la pantomima.

En efecto, el hueso, el tuétano es lo que permanece –y he ahí nuestra identidad desfigurada; desfigurada, sí, pero idéntica a sí misma, lograda, encontrada. Y precisamente por desfigurada, muerta y acabada, origen misterioso de identidades renacidas, sucesivamente buscadas y sucesivamente desfiguradas, muertas cada vez y nunca acabadas.

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